El evangelio de José y Belén

El pasado 9 de mayo fallecían repentinamente José y Belén, dos alumnos de 2º de Bachillerato del colegio Nuestra Señora del Recuerdo, centro en el que trabajo como profesora de religión y pastoralista. No entro en detalles de la tragedia, pues son de todos conocidos y, además, son innecesarios.
 
Es inútil volver sobre aquel fatídico momento aunque sea una de las grandes tentaciones, especialmente para sus jóvenes amigos, los que se hallaban presentes. 

Pero hay cosas que, si no te las cuentan, no te las puedes imaginar. Y esas sí vale la pena narrarlas, recordarlas y saborearlas. Voy a intentarlo, teniendo de fondo el Evangelio, la Buena Noticia de Jesús... porque lo vivido es una página más del Evangelio, pero hecho vida.

Quizás sea algo torpe en el relato... porque no es fácil describir el encuentro con Jesús, cuando se vive en primera persona y en el momento en el que está pasando. Se necesita algo de tiempo para reposar y procesar. Los evangelios están llenos de encuentros, encuentros que marcan un antes y un después de sus protagonistas. Son situaciones y personas concretas que conocen a Jesús en circunstancias muy distintas...

La familia cercana de José y Belén se ha convertido en evangelio vivo para quienes hemos podido estar a su lado estos días: sus padres, otros Jairos rotos por el dolor ("al verlo se postró a sus pies"); sus hermanos, hermanas de Lázaro ("si hubieras estado aquí..."); sus madres... Marías al pie de la cruz.

Hemos contemplado, admirados, familias rotas por el dolor pero llenas de esperanza y con una fe inquebrantable. Padres y hermanos con un enorme vacío que encontraban palabras de agradecimiento y ánimo a quienes nos reuníamos para acompañarlos, deseando aliviar y ayuda a superar un poco tan tremendo trago.

Familias golpeadas pero generosas, que han sabido abrirse a los demás, cuando todo invita a cerrarse en uno mismo... En ellos hemos visto el rostro de Jesús, dolorido y crucificado, pero también vislumbramos toda la fuerza de su resurrección. Porque José y Belén están ya junto a Dios, gozando de su presencia y acompañando, de alguna manera, a sus seres más queridos. En sus familiares y amigos, en todos nosotros, han dejado una huella imborrable.

Hemos visto cómo el colegio, fiel a su servicio de diaconía, se convirtió en refugio - inmediato y espontáneo - para alumnos, profesores y familias. Los "tutelares muros" (como reza el poema a la Virgen del Recuerdo) cumplieron su función ofreciendo acogida, cobijo, consuelo... puertas abiertas en todo momento. La capilla se transforma de repente para adolescentes, niños, jóvenes y adultos en nuestra verdadera casa, el lugar al que necesitas volver, el espacio en el que te encuentras con lo profundo, que te da calor. El único, quizás, en el que recuperas la verdadera paz.

Hemos experimentado la comunidad educativa como una gran familia que nos sostiene, que sabe tejer una red hecha de fe y esperanza profundas. La Compañía de Jesús, los jesuitas (que son el corazón mismo de esta gran comunidad) han sabido abrir las puertas y conducir la situación con lucidez y delicadeza, dando una respuesta pastoral adecuada a cada una de las necesidades que han ido surgiendo.

En el duelo compartido ha ayudado la música; de fondo en la capilla, cuando los chicos y chicas
entraban y salían en silencio, a cuenta gotas; la que hemos cantado en la oración-homenaje del día después o en los funerales; algunas canciones especiales, como Amando hasta el extremo (ese himno no-oficial de la generación del 99) o Me llaman de arriba, adaptación realizada e interpretada por los primos de José y que se ha hecho viral. Han ayudado los símbolos: las velas, mensajes y objetos que, a modo de tributo, se fueron depositando ante el altar. Ha ayudado el silencio respetuoso, ese que surge cuando nos asomamos al Misterio. Y han ayudado, por encima de todo, las miradas, los apretones de manos, los abrazos, las lágrimas...

El dolor tiene una misteriosa capacidad de unir a las personas más profundamente de lo que nunca hubiéramos podido imaginar. Se rompen esas barreras que establecen los roles académicos. Todos lloramos, nos abrazamos, nos miramos. Se multiplican los gestos de ternura, de compresión, de empatía. El hermano de José, en medio de la emoción pero con una gran sabiduría, decía en su funeral que esto no se puede olvidar pero sí se puede superar. Sólo se puede superar el dolor de la pérdida estando unidos y derrochando cariño, algo que en estas semanas hemos visto en abundancia.  

El sabor que queda, en el fondo, es el de la experiencia pascual, el de habernos encontrado con Jesús gracias a José y Belén. Han sido y son buena noticia. Ellos, como los discípulos de Emaús, caminaron juntos (y enamorados), acompañados por el Señor resucitado. Ahora lo han reconocido en el encuentro definitivo cara a cara con Él. Así se han convertido en testigos privilegiados de una fe que crece al abrigo de su ejemplo. Nos han dejado, pero no vacíos. Nos dejan llenos. Llenos de vida. Vida en abundancia.

Ahora vemos como enigmas en un espejo, entonces, veremos cara a cara.
Ahora conozco a medias, entonces conoceré tan bien como soy conocido.
Ahora nos quedan: la fe, la esperanza, el amor: estas tres.
La más grande de todas es el amor.

Por Mayte López. Publicado en Religión Digital

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