sábado, 20 de julio de 2019

En medio de contrastes

Al inicio de un reciente viaje a Italia que comenzó en Roma y termino en Milán, mi mujer y yo tomamos un tren de Roma a Asís. Es la segunda vez que he hecho el viaje y mi reacción inicial en esta ocasión en esta ocasión es pensar que uno debería parar un día en medio para amortiguar el contraste entre las expresiones externas de poder papal en Roma y la simplicidad e incluso la quietud sagrada de los santos lugares de aquella localidad de Umbría.

Entonces llegó una segunda reflexión. Vivimos constantemente, ¿o no?, en esa tensión entre la autoridad y el carisma, entre la libertad exuberante y las necesidades institucionales, entre Francisco en el momento de su conversión y la realidad franciscana tal y cómo se ha desarrollado durante siglos.

La Iglesia, en sus formas institucionales más visibles, puede convertirse en un objetivo fácil, y a veces merecido. La traición contemporánea a la comunidad por sus líderes ciertamente será recordada como uno de los peores y más comprometedores momentos de su historia. La mejor esperanza -dado que somos humanos, no ángeles, y por lo tanto necesitamos instituciones- es que sobreviva purificada y hecha humilde en el mejor sentido.

Hemos sugerido en el pasado reciente que la Iglesia haría bien en desplazar la impresionante Piedad de Miguel Ángel desde la esquina del fondo a la derecha de la Basílica de San Pedro e intercambiar su lugar con el trono papal, para que esa representación de humildad y abandono sea nuestro centro de atención durante este tiempo de prueba.

Incluso en el mejor caso, sin embargo, la tensión permanece. Si hay una magnificencia arrebatadora en el Vaticano que inspira una cierta clase de admiración, es Asís y la realidad de su buen santo la que nos conduce a lo esencial, al misterio de Cristo, a las inmutables paradojas de la muerte como vida, de la vulnerabilidad como fortaleza, de la derrota como victoria. Y sin embargo pocos de nosotros viven en uno de los dos polos, al menos no por mucho tiempo. Yo no podría seguir los pasos y las prácticas del mendicante, como tampoco podría imaginarme vestido de seda aterciopelada y teniendo que cumplir protocolos de la corte del siglo XV mientras participo en las políticas vaticanas.

Recuerdo tener la misma sensación de estar a medio camino cuando acudí a la beatificación de Franz Jagerstatter en Linz, Austria, en 2007. Un simple jornalero, padre y esposo, para nada un radical, ciertamente no un pacifista (había pertenecido una vez al Ejército austríaco), concluyó, en su lectura de las Escrituras, que los alemanes estaban llevando a cabo una guerra injusta y se negó a servir a sus ambiciones. Y eso hizo. Su convicción fue tan profunda que fue encarcelado y decapitado en 1943 por su resistencia.

El obispo de Linz, en la ceremonia en la que se congregaron 5.000 personas en la catedral local, dijo que para Jagerstatter "el amor de Dios no permitía ninguna apatía. Exigía una clara diferenciación entre el bien y el mal".

Encontré fascinante, y todavía lo encuentro, que el papa responsable de su beatificación fuese Benedicto XVI. Al informar del acontecimiento, escribí:

"El joven Joseph Ratzinger creció en una serie de pequeñas ciudades en el sur de Baviera, solo a unas pocas millas de la localidad natal de Jagerstatter, Saint Radegund. Según Erna Putz, una periodista local y vieja amiga de la familia Jagerstatter,el futuro papa que declararía beato a Franz Jagerstatter visitó Saint Radegund de niño y recordó aquellas visitas durante una estancia posterior en la localidad como cardenal. Si hay un símbolo de la ambivalencia subyacente que a veces emerge aquí al conversar sobre la beatificación, es el hecho de que Ratziger, ahora el papa Benedicto XVI, fue, por un tiempo breve, miembro de las Juventudes Hitlerianas cuando tal militancia era obligatoria y vio sus estudios interrumpidos en 1943 cuando su clase del seminario fue obligada a prestar el servicio militar. Más adelante, todavía adolescente, fue incorporado al ejército regular y sirvió en varios puestos hasta que desertó en 1945, terminando como prisionero de guerra americano".


En 1943, aquel simple jornalero fue decapitado por su convicción. El mismo año, el seminarista fue forzado a unirse al ejército alemán y lo asumió. Me puedo ver mucho más claramente imitando el camino del joven Ratzinger que teniendo la valentía de la convicción hasta la muerte del adulto Jagerstatter.

La mayoría de nosotros no estamos llamados a tales extremos ni estamos forzados a tomar tales decisiones. Ciertamente he permanecido, a pesar de mis convicciones, a una distancia prudente de la prisión. Y sin embargo, entre Roma y Asís, entre el servicio militar obligatorio y el rebelde decapitado, no hay duda de qué polo nos empuja. Roma puede ser necesaria para un cierto orden y disciplina, pero reverenciamos lo que sucedió en Asís: eso es lo que canta a nuestras almas y nos llena de esperanza en tiempos oscuros. Comprendemos la necesidad que llevó a muchos jóvenes alemanes a unirse a las Juventudes Hitlerianas, por mucho que fuese a su pesar, o a ser barridos por una marejada de la historia que lleve a una clase de seminario a tomar las armas. Pero beatificamos al jornalero que leyó la Escritura y decidió que el único camino era decir no.

Me recuerdo, también, escribiendo a casa desde la habitación del hotel después de la ceremonia y subrayando que cada vez que estaba al borde de abandonar una institución que había traicionado tanto nuestra confianza, aquella institución hacía algo tan correcto y tan santo que me veía obligado a permanecer para ver que seguía. Tengo en mi cabeza con frecuencia una línea maravillosa de jesuita Fray Daniel Berrigan: "Vivimos en la intersección de libertades misteriosas, la de Dios y la nuestra".

Es fácil, dada la belleza natural de Asís y de la región circundante de Umbría, comprender que San Francisco se convirtiese en el patrón de lo que hoy llamamos "ecología integral", la conciencia de que ser plenamente humano es estar conectado con toda la creación y tratar esa creación con reverencia. Francisco el Santo, como escribe el papa que ha tomado su nombre, "nos invita a ver la naturaleza como un libro magnífico a través del cual Dios nos habla y nos concede vislumbrar Su infinita belleza y bondad".

La Tierra misma se nos presenta hoy como la cuestión que "no permite ninguna apatía". Es el asunto que podría llevarnos a todos a un momento extremo. La amenaza se nos recuerda con frecuencia, incluso por la abrumadora ciencia, y la conexión entre aquella realidad y nuestra fe se vuelve clara en la encíclica del papa Francisco, "Laudato Si, sobre el cuidado de nuestra casa común".

Por Tom Roberts. Traducido del National Catholic Reporter

jueves, 18 de julio de 2019

La noche en la que encontré a Dios en el fregadero de la cocina

No pretendíamos que fuese así pero según hemos ido progresando en nuestro matrimonio, hemos ido asumiendo roles más estereotípicos que atípicos. Así, en resumen, la mayor parte del tiempo mi mujer, Gillian, cocina y yo lavo los platos.

Aquella noche, me dejé caer por la cocina tras caer dormido junto a la cama de mi hijo. Los platos estaban en el fregadero, todavía sucios tras la cena, y Gillian estaba preparando la comida del día siguiente. Pensé en un momento en dejar el fregado para la mañana siguiente pero sabía que una parte de mí no lo apreciaría así que me deje de dilaciones. Rellené el fregadero de agua y comencé a lavar. 

A través del Bluetooth llegó la voz de Krista Tippet, que presenta "Sobre el ser" en NPR, introduciendo a su invitada -la poeta Mary Oliver-. Tippett estaba recordando una conversación que nunca había escuchado, así que mis oídos se agudizaron mientras fregaba.

Gillian y yo no hablamos mucho aquella noche. No estábamos enfadados, simplemente estábamos cansados. Cansados de criar a un niño de tres años. Cansados de mantener un hogar con todos los dolores y enfermedades de setenta años.

Sobre todo, cansados de la muerte. La semana anterior, dos de nuestros mentores y amigos habían fallecido inesperada y repentinamente. No se conocían, cada uno pasó de su propia y rápida manera. 

Cada uno de ellos tenía personas mucho más próximas en sus vidas que nosotros, pero de todas formas eran individuos con los que hablábamos casi cada día de una o de otra manera. Esa noche, dejábamos atrás una semana que había comenzado con sus muertes y terminado con sus funerales.

Aquella noche, nuestra labor nos mantenía unidos al suelo sobre el que nos alzábamos y a las tareas que desarrollábamos mientras nuestros corazones y nuestras mentes buscaban un lugar suave en el que aterrizar.

Entonces, abriéndose paso hacia mi mente en búsqueda, llegó la voz de Mary Oliver:

"La cuestión es: ¿Cómo será después del último día? ¿Flotaré en el espacio o me desgastaré en la tierra o en un río -sin recordar nada-?"

Estaba leyendo "El cuarto signo del zodiaco" de su colección Caballos azules. Un poema sobre su batalla contra el cáncer de pulmón y sobre hacer lo mejor con lo que le va quedando. Puedes leer el poema completo aquí. 

Gillian y yo dejamos de trabajar mientras leía. Nos acercamos mientras ella seguía.

"Lo sé, nunca has pretendido estar en este mundo. Pero lo estás, así que, ¿por qué no comenzar inmediatamente? Quiero decir, a pertenecer a él. Hay tanto que admirar y por lo que llorar. Y sobre lo que escribir música o poemas. Benditos los pies que te llevan y te traen. Benditos los ojos y los oídos que escuchan. Bendita la lengua, la maravilla del gusto. Bendito el tacto."

Soy consciente de que nunca seré capaz de valorar lo suficiente la vida. Soy demasiado humano para ello. Pero la muerte abre la puerta del corazón de maneras inesperadas. A veces te obliga a adquirir consciencia de tu propio cuerpo -del regalo que es- y a considerar todo lo que te queda por dar, no importa lo cansada que esté tu alma.

Afortunadamente, para ofrecernos fortaleza cuando más la necesitamos, Dios nos visita en todo tipo de lugares. Aquella noche, el Espíritu llegó con toda Su ternura en el lugar en el que menos le esperaba- en el fregadero de la cocina después de un día largo, en la quietud de mi hogar, sanando las roturas de mi corazón-.

Me enseñó a agradecer todo lo que había dejado. Me enseñó que queda mucho trabajo que hacer.

A ti tal vez también te visite allí. O en cualquier otro lugar, donde menos te lo esperes. Tomando una lección de Mary Oliver, parece que lo único que tenemos que hacer es apreciar el mundo y el trabajo que está en frente de nosotros. Es lo que Dios nos dio y es por dónde tenemos que comenzar.

Por Christian Mocek. Traducido del National Catholic Reporter

miércoles, 17 de julio de 2019

La soledad vacacional

Las vacaciones son un cuchillo de doble filo. Por un lado traen un paréntesis, un relax largo tiempo apetecido: la posibilidad de romper con el trabajo, con la tensión de la ciudad y los problemas cotidianos. Por otro, precisamente esa ruptura nos enfrenta con nosotros mismos. El estrés, el ritmo frenético de la vida cotidiana, su ruido, sus incitaciones informativas, publicitarias y consumistas, se han convertido en una poderosa droga que nos tiene atrapados.
Vacaciones significa silencio, puestas de sol en el mar, largos horizontes en el campo o la montaña. O en todo caso una parada en la misma ciudad, donde baja la densidad del tráfico, donde las tiendas se cierran y el tiempo parece transcurrir más lentamente.
Bien es verdad que algunos huyen despavoridos a emborracharse de otro ritmo ensordecedor en los resortes playeros o en los viajes turísticos en los que capturan frenéticamente diapositivas que no calan en el interior.
Pero en toda hipótesis la gente se resiente de mayor soledad cuando llegan estas fechas. Un amigo me dice que literalmente “odia” las vacaciones, porque se descabala más. No es extraño. Las vacaciones son como un catalizador, un tubo de ensayo en el que se aprecian más los contrastes y se aprende que uno es algo más que lo que hace, uno es lo que es.
Un día me encontré en una lejana a playa a un hombre llorando. Se hospedaba en un lujoso hotel, tenía dinero, simpatía y ligaba con facilidad. Pero en aquel momento, sentado en una roca frente al mar, se preguntaba qué había hecho con su vida: No tenía a nadie. Se había separado de su mujer y nunca podía ver a sus hijos. “Ahora sé que he vivido con una careta, vestido de un personaje que no soy yo. Ahora sé que estoy desnudo frente al mar”, decía.
Las vacaciones son un tiempo estupendo para escuchar el silencio. El silencio es como un estilete que hace un agujero en nuestra superficialidad. Por eso, la gente huye del silencio y de la contemplación de la verdad, la mirada original a la naturaleza. Es un tiempo privilegiado para separar las telarañas que hemos acumulado durante el año. Al hacerlo, podemos toparnos de pronto con la soledad. Pero la soledad no es tal. Hay una secreta compañía en el universo que te dice “eres amor”, aunque no la veas. Entonces, si perseveras en ese silencio, puedes volver a empuñar las riendas de tu vida y volver a casa tonificado disfrutando de una alegría que no está fuera, sino dentro de nosotros. Incluso aunque no hayas salido de casa. Porque nada importa el qué, sino el cómo; porque nada importa dónde nos vayamos de vacaciones. Lo que importa es quién se va de vacaciones.
El problema es que nuestra sociedad se ha inventado la manera perfecta de impedir, con su atronadora nube de ruidos que nos acompañan a todas partes, que gocemos del silencio, en una palabra, que disfrutemos de vacaciones.

Pedro Miguel Lamet. Publicado en Fe Adulta

lunes, 15 de julio de 2019

Contemplando las estrellas

¿Te has preguntado alguna vez por qué la noche es oscura? Hay una respuesta muy poética a dicha cuestión. La noche es oscura para que las estrellas puedan brillar. Precisamente en verano, cuando el calor aprieta, disfrutar de una noche estrellada es un plan magnífico. Ahí arriba se pueden contemplar miles de estrellas similares a nuestro Sol. ¡Imagínate la inmensidad! Los científicos calculan que en el universo hay miles y miles de millones de estrellas.
Yo, desde aquí, te invito a que busques a Dios en el cielo. Si observas el firmamento con atención, sentirás su magnitud. Sentirás la grandeza de la creación; podrás sumergirte en ese inmenso universo. ¡Cuánto nos ama Dios para haber creado un universo así! Y cuando mires hacia arriba, no apuntes a la oscuridad, sino a las estrellas. Déjate guiar por su luz. Mira con los ojos, pero sobre todo con el corazón. Busca la belleza del firmamento. Si la noche se torna oscura, no te preocupes, es el momento de confiar, de creer; las estrellas se ven, pero, sobre todo, se sienten en el alma. Recuerda que tras la tempestad siempre viene la calma.
Ojalá que escuchando el silencio puedas oír cómo Él te susurra que te ama. Ojalá que calculando las distancias del Universo, descubras la grandeza de la vida. Te darás cuenta de que las estrellas señalan a Dios y que Dios, al mismo tiempo, nos ha convertido en Sus estrellas: somos rutilantes puntos de luz, destinados a brillar como padres, como hijos, como hermanos, como amigos y, sobre todo, como cristianos. La única diferencia entre tú y una estrella es que tú brillas abajo y ella brilla arriba. Puede que desde abajo, en la oscuridad, nuestro brillo individual te parezca insignificante. Una hermosa lección de humildad para todos. Pero si sumamos cada uno de esos miles y millones de puntos diminutos de luz, podremos imaginar cómo será el firmamento y su inmensidad.
Qué maravilloso debió ser el momento, reflejado en el libro del Génesis, en que Dios se dirigió a Abraham, que no podía tener descendencia, y le mostró las estrellas del firmamento al tiempo que le dijo: «Mira al cielo, y cuenta las estrellas, si puedes contarlas» y añadió: «Así será tu descendencia» (Gén 15,5). Y esa inmensa descendencia, que ha llegado hasta nuestros días, ha confirmado que Dios cumple sus promesas.
Al igual que hicieron los Magos, sigamos siempre la estrella que nos guía a Dios. El papa Francisco nos dice: «Esta luz verdadera es la luz del Señor. Siguiéndola, tendremos alegría» (Catequesis del papa Francisco del 6 de enero de 2017).
Queridos hermanos, contemplar las estrellas nos ayuda a sentir el amor infinito de Dios, pero también nos ayuda a entrar en lo más profundo de nuestro corazón. Es un viaje para conectar con el alma. Es rezar. Es impregnarse de fe. Es meditar. Es dejarse acariciar por la bondad. Es trascender. Es confiar. Es descubrir que, en una noche de verano, el sueño de acercarnos más a Dios puede hacerse realidad.
Card. Juan José Omella, arzobispo de Barcelona

domingo, 14 de julio de 2019

Sin rodeos ante el prójimo

El Evangelio de este domingo nos presenta la parábola del Buen Samaritano como eje central del mensaje. Es una parábola muy conocida y usada en cuestiones de moral social para enseñarnos cómo situarnos ante las personas que están en situación de necesidad. Muchos creyentes sentimos mucho respeto hacia esta parábola no solo por el compromiso con los que sufren, sino por su contenido provocador en cómo vivir coherentemente nuestra fe.
La parábola del Buen Samaritano está situada entre los pasajes que aluden al viaje de Jesús de Cafarnaún a Jerusalén. Es narrada a partir de un encuentro entre Jesús y un maestro de la ley. Este grupo de judíos eran eruditos en el conocimiento de la ley, pero la practicaban poco. El gesto de levantarse este maestro ya indica su posición de poder desde el status que la estructura religiosa judía le había concedido. El maestro de la ley pretende poner a prueba a Jesús. Su manera de acercarse a Jesús ya está condicionada por su objetivo de encontrar argumentos para denunciarle. Claramente se ve en ese diálogo que a Jesús no le interesa entrar en discusión. El maestro de la ley le pregunta qué hacer para alcanzar la vida eterna y Jesús responde remitiéndole a sus conocimientos, a su mundo judío, a encontrar respuesta en sus tradiciones y su universo religioso. El maestro no parece estar satisfecho con la contestación de Jesús porque nada ha dicho que pueda hacer sospechar. Por eso el maestro insiste: ¿Y quién es mi prójimo? Probablemente una respuesta teórica de Jesús hubiera sido motivo claro de enfrentamiento, sin embargo, prefiere una respuesta abierta y susceptible de
interpretación. Su inteligente estrategia consiste en responder narrando una parábola. Sobre la cuestión del prójimo no se teoriza, es mucho más que un discurso explicativo, con el prójimo se actúa y no para alcanzar la vida eterna, sino para recuperar su dignidad. Jesús usaba con frecuencia el género literario de la parábola, una composición didáctica que impactaba en el oyente para posicionarse ante diferentes realidades necesitadas de liberación.
En esta parábola aparecen personajes o grupos de personas con sus respectivas actitudes que Jesús pone delante para cuestionarnos en lo que necesitamos mover para vivir más auténticamente nuestra fe.
Por un lado, el hombre herido que es asaltado por unos bandidos. La ruta que hacía este hombre era muy insegura, un camino desértico, solitario y buen refugio para salteadores. Solía haber muchos asaltantes en los bordes de estos caminos, muchos de ellos desesperados ante el empobrecimiento que estaba generando la carga de impuestos que debían pagar al Imperio. Incluso eran grupos organizados y manejados por otros.
El hombre malherido queda medio muerto y es visto por tres personajes que, sin duda, representan tres posiciones que podemos vivir ante la necesidad del prójimo. Estos personajes pasan por donde estaba este hombre y le ven, pero sólo uno reacciona implicándose en la situación. El sacerdote da un rodeo y pasa de largo. Los sacerdotes judíos lo eran por nacer en una familia sacerdotal y no por vocación. Debían vivir en un alto estado de pureza y no tocar a enfermos, sangrados o tener contacto con muertos, muy rigurosos y escrupulosos con estos ritos. Si hubiera tocado a este herido quedaría impuro y no podría celebrar la liturgia. Lo mismo ocurre con el levita. Un levita sería semejante a la figura de un sacristán: para organizar cantos, celebraciones litúrgicas, asistir a los sacerdotes y también lo eran por pertenecer a los descendientes de la tribu de Leví. También ve la situación, igualmente da un rodeo y pasa de largo.
La narración de la parábola se rompe cuando entra en escena un samaritano cuya actitud contrasta y pone en evidencia a los servidores del Templo. Jesús no inventa este personaje de manera casual, hay una clara intención de desmontar los elementos inútiles, perjudiciales y deshumanizadores de la ley. Los samaritanos eran muy mal vistos por los judíos porque creían en otros dioses o en ninguno y no pertenecían al Pueblo elegido. El samaritano no tiene ataduras a la ley, no se centra en su cumplimiento estricto, trasciende las normas paralizantes y es libre de lo más dogmático y cerrado. Su proceso de reacción es una clara referencia a lo que Jesús quiere que vivamos con respecto al prójimo. Primero siente com-pasión, es decir, padecer (sentir) con… Sus emociones se despiertan de una manera empática, se pone en el lugar del malherido y se hace hermano de su sufrimiento. Pero no es suficiente este primer paso. Con frecuencia nos quedamos en este universo emocional, que no está mal, pero raquítico para resolver lo que padecen nuestros hermanos y hermanas sufrientes. Esta com-pasión moviliza al samaritano para actuar. Dice el texto que con miseri-cordia, es decir, poniendo corazón en la miseria y necesidad, actuando de manera concreta y dando de sí mismo mucho más que un sentimiento. Esta es la ruta que Jesús vivió y que somos llamados a vivir todos sus seguidores y seguidoras. Sólo desde esa liberación del ritualismo, del deber hacer de una manera automática, de vivir sometidos a estrechas normas, se puede despertar nuestra capacidad de compromiso auténtico.
No olvidemos que el origen de esta situación parte de un maestro de la ley que busca respuestas para alcanzar la vida eterna, para salvarse. Jesús es radical en su propuesta a través de esta parábola. La salvación o plenitud humana pasa por reconocer mi dignidad y la dignidad de quien tengo al lado, no porque hacer el bien me vaya a “salvar” sino porque es mi hermano, mi hermana, y vamos a “salvarnos” juntos. Mirar al prójimo desde los aspectos más periféricos, sus roles, culturas, ideologías, nos va a conducir a una vida individualista, insolidaria, enfrentada y egocéntrica.
¿Cuáles son esos rodeos que damos en la vida para no hacernos cargo de nuestro prójimo? ¿Qué nos ata de tal manera que nos conformamos con tener la conciencia tranquila porque “sentimos” el dolor del otro? ¿Por qué no terminamos de asentarnos en una fe madura, adulta, comprometida y transformadora? Quizá este domingo sea una oportunidad para intentar liberarnos de aquello que nos paraliza y nos sigue manteniendo en nuestra zona de confort religiosa. Y claro que podemos conseguirlo si conectamos con lo esencial que somos y con quien nos hace SER permanentemente.

Por Rosario Ramos. Publicado en Fe Adulta

sábado, 13 de julio de 2019

El Reino de Dios es justicia y paz

Miembros de distintas confesiones cristianas nos hemos reunido en el encuentro ecuménico de “El Espinar” (1-4 julio, 2019),  para reflexionar sobre el tema “La fe y la Iglesia al servicio del mundo”.
Nuestro tema nos lleva a buscar siempre una mayor unidad entre las distintas confesiones cristianas; y ante los grandes desafíos del mundo actual, vemos también la necesidad de una mayor colaboración en nuestro servicio diaconal al mundo.
Por ello, proponemos este manifiesto sobre la necesaria diaconía ecuménica hoy.
  1. “La iglesia es un don de Dios al mundo en aras de su transformación para avanzar hacia el reino de Dios. Su misión es aportar nueva vida y anunciar la presencia amorosa de Dios en nuestro mundo”.

  2. Nuestra preocupación debe ser siempre la pregunta de “¿cómo podemos proclamar el amor y la justicia de Dios  a una generación que vive en un mundo individualizado, secularizado y materializado?”.

  3. La misión de la Iglesia es predicar el Evangelio. Esto significa anunciar la venida del Reino de Dios; Es decir, realizar un reino de justicia, de amor y de paz. 

  4. Hoy esta misión se realiza en contextos “plurireligiosos y pluriculturales”, dominados por el rey dinero que “amenaza la credibilidad del Evangelio. La ideología del mercado difunde la creencia de que el mercado global salvará al mundo mediante un crecimiento ilimitado”.

  5. “Este mito es una amenaza no sólo para la vida económica sino también para la vida espiritual de las personas, aunque no sólo la vida de la humanidad sino también de toda la creación” .

  6. Esta misión de la Iglesia es hoy especialmente difícil porque la Iglesia, como comunión de los discípulos de Cristo, debe ser una comunidad incluyente, siendo su razón de ser aportar sanación y reconciliación al mundo. 

  7. En este sentido, debemos insistir en la efectividad de la transformación de nuestras vidas, de nuestras iglesias y del mundo. La diaconía (servicio) constituye una parte esencial de la misión de la Iglesia en el mundo.

  8. La espiritualidad diaconal es siempre transformadora desde los márgenes, porque “busca contrarrestar las injusticias en la vida”, en la misma iglesia y , sobre todo,  en el modo tradicional de ejercer su misión en el mundo 

  9. La diaconía incluye toda acción encaminada a promover la curación y la integridad de la vida
    de las personas y de las comunidades amenazadas por estructuras violentas, deshumanizantes, causa de innumerables injusticias.

  10. La defensa  y promoción de la justicia ya no es la prerrogativa exclusiva de instituciones políticas sino una forma de testimonio que insta al compromiso de las iglesias locales. Las iglesias deben ayudar a determinar las decisiones cotidianas que permitan poner fin a los abusos y promover los derechos humanos, la justicia de género, la justicia climática y ecológica, la justicia económica, la unidad y la paz. Su implicación en la vida diaria da a las iglesias locales legitimidad y motivación para luchar por la justicia y la paz en todos los rincones de nuestro mundo. 

  11. Así pues, la Iglesia en cada contexto geopolítico  y socioeconómico está llamada a servir (diakonia), a vivir concretamente la fe y la esperanza de la comunidad del pueblo de Dios, dando testimonio de lo que Dios ha hecho en Jesucristo. Sin duda, la diaconía, forma parte de la extensión y la realización  del Reino de Dios entre nosotros.
Manifiesto de “El Espinar”