domingo, 20 de enero de 2019

Esperar la extravagancia, superar la pasividad

"No hay nada que no merezca la pena hacer que no merezca la pena exagerar". Así hablaba uno de mis maravillosamente irreverentes amigos de la universidad. Por impúdido que suene, me recuerda el primero de los signos de Jesús recogidos en el Evangelio de Juan. El académico bíblico Silvano Fausti dice que esta historia "intenta mostrarnos de un vistazo lo escandalosamente distinto que es Dios de como lo imaginamos".

De verdad, ¿qué celebración de una boda necesita seiscientos litros de vino? Pero esa es la historia que Juan nos narra. El mensaje teológico parece ser que Dios está dispuesto a ir a los extremos -y no necesariamente de la clase sobre la que habitualmente se predica-.

Aunque probablemente hayamos escuchado que las bodas de Caná muestran que Jesús bendice el matrimonio, la historia se queda miserablemente corta a la hora de abordar los detalles del matrimonio. El único contrayente que, al menos, es mencionado, es el novio anónimo, y su único papel es escuchar que el vino nuevo es mejor que el antiguo.

Los personajes principales de la historia son dos de los invitados a la boda: Jesús y Su madre. Los personajes secundarios son los sirvientes. La familia, los discípulos, los contrayentes, etcétera, son solo extras. Todo el argumento gira en torno al vino. Juan el Bautista y sus ascéticos discípulos entrarían en shock.

Obviamente, no es un relato sobre el matrimonio y la familia. En cambio, es una historia sobre una fiesta de boda. En el Evangelio de Juan, es el primer acto en la misión del Mesías de llevar a plenitud la unión entre Dios y la humanidad.

Juan el Evangelista llama a este el primero de los "signos" de Jesús, acontecimientos que habitualmente llamamos milagros. Pero los signos de Jesús fueron mucho más que milagros puntuales. Los signos de Jesús anunciaban que algo radicalmente nuevo estaba sucediendo. Podríamos considerar el signo del vino de la boda como una parábola viviente, una representación que explicó la primera declaración por Jesús de Su misión cuando manifestó: "Este es el tiempo de cumplimiento. El Reino de Dios está cerca" (Marcos 1:15).

Juan no presta ninguna atención al novio ni a la novia porque el relato trata sobre el matrimonio entre Dios y Su Pueblo. La boda sin vino es la situación en la que las antiguas tradiciones, como las tinajas ceremoniales vacías, han perdido su poder.

Esta boda es un rito sin vida. Los principales intervinientes no tienen nombre, los discípulos son meros observadores. La gente cumple con las rúbricas, pero no hay ninguna pasión. Es como si se pensasen que es lo que se supone que tienen que hacer, pero no tienen ni idea de por qué creen todavía en ello. Cualquiera podría hacer lo que ellos están haciendo y no habría ninguna diferencia.

Entonces, la madre de Jesús entra en escena. Como representante de la esperanza de Israel, del potencial de Israel para dar vida, protesta. Una boda sin vino es una liturgia sin pasión, un sacrilegio.

El siempre enigmático Jesús responde que su hora todavía no ha llegado. Pero la madre de Israel, confiando en que su oración no quedará sin ser escuchada, dice a los sirvientes: "Haced lo que Él os diga". Como Moisés que ordenó a su pueblo elegir la vida, instruyó a los sirvientes de Dios a obedecer la palabra de Jesús.

Esto lleva la escena al climax. Jesús les pide a los siervos que hagan algo muy sencillo. Les dice que que completen las prácticas religiosas que han permitido que cayesen en la negligencia. Su obediencia Le proporciona la materia prima necesaria para obrar Su signo. Cuando han llenado las tinajas, han demostrado su corazón y Dios tiene algo nuevo con lo que trabajar.
llenen las tinajas ceremoniales vacías. Les dice
En una historia que encontrará un eco en el relato de los panes y los peces, Jesús tomó lo poco que pudieron proporcionarle y lo transformó en superabundante. Juan nos dice que este acontecimiento supuso la primera revelación de la gloria de Jesús y que los discípulos comenzaron a creer en Él.

Según el Evangelio de Juan, fue este el signo primordial de Jesús, el acontecimiento que abrió el camino a todo lo que estaba por llegar. Jesús dijo que Su tiempo todavía no había llegado, pero María creyó que Su sola presencia significaba que el tiempo estaba maduro.

Podemos estar viviendo en la misma zona horaria que los invitados de Caná. Demasiados de nosotros nos hemos acostumbrado a la sequedad espiritual. Como pasivos invitados a la boda, cumplimos con los ceremoniales sin grandes expectativas. El verdadero escándalo al que apunta el relato no es el vino, sino la pasividad.

Hoy, María nos dice que si queremos que las cosas sean diferentes, si estamos dispuestos a afrontar el riesgo de la experiencia del amor de Dios, es tiempo de volvernos a Jesús y hacer lo que Él nos diga. Es tiempo de grandes expectativas. 

Por Mary Mc Glone. Traducido del National Catholic Reporter

sábado, 19 de enero de 2019

Actúa siempre con toda justicia

Cada año los cristianos de todo el mundo se unen en oración para crecer en la unidad. Hacemos esto en un mundo en el que la corrupción, la codicia y la injusticia crean desigualdad y división. Oramos juntos en un mundo dividido: esto es algo poderoso. Sin embargo, como cristianos y comunidades muchas veces somos cómplices de la injusticia, aunque también estamos llamados a dar un testimonio común a favor de la justicia y ser instrumentos de la gracia sanadora de Cristo para un mundo quebrantado.

La Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos 2019 ha sido preparada por cristianos de Indonesia. Con una población de 265 millones, de la cual el 86 % se considera musulmana, Indonesia es bien conocido como el país con mayor población musulmana del mundo. Sin embargo, un 10 % de los habitantes de Indonesia son cristianos de distintas tradiciones. En términos tanto de población como de su vasta extensión territorial, Indonesia es el país más grande del Sudeste Asiático. Tiene más de 17 000 islas, 1340 grupos étnicos diferentes y más de 740 lenguas locales y, sin embargo, está unido en su pluralidad por una lengua nacional, el indonesio (Bahasa Indonesia). La nación se funda en cinco principios, llamados Pancasila, con el lema Bhineka Tunggal Ika (unidad en la diversidad). A través de la diversidad de grupos étnicos, lenguas y religiones, los indonesios han vivido de acuerdo con el principio de gotong royong, que es vivir en solidaridad y colaboración. Esto significa compartir en todos los ámbitos de la vida, el trabajo, el duelo y las fiestas, y considerar a todos los indonesios como hermanos y hermanas.

Esta armonía siempre frágil está amenazada en la actualidad de nuevas maneras. Gran parte del crecimiento económico que Indonesia ha experimentado en las últimas décadas se ha basado en un sistema que tiene en su corazón la competitividad. Esto es directamente contrario al principio de colaboración de gotong royong. La corrupción está presente de muchas formas. Infecta la política y los negocios, frecuentemente con consecuencias devastadoras para el medio ambiente. De un modo especial la corrupción socava la justicia y la aplicación de la ley. Con demasiada frecuencia los que deberían promover la justicia y proteger al débil hacen lo contrario. Como consecuencia de ello, la brecha entre los ricos y los pobres ha aumentado, con lo que en un país que es rico en recursos se ve el escándalo de muchas personas que viven en pobreza. Como dice un dicho tradicional de Indonesia: «un ratón se muere de hambre en un granero lleno de arroz». Mientras tanto, se suele asociar a algunos grupos étnicos y religiosos concretos con la riqueza en modos que alimentan las tensiones. La radicalización que enfrenta a una comunidad contra otra ha crecido y se ve exacerbada por el uso indebido de los medios de comunicación que demonizan a algunas comunidades.

En tal contexto, las comunidades cristianas toman conciencia nuevamente de su unidad al juntarse ante una misma preocupación y para dar una respuesta común a una situación injusta. Al mismo tiempo los cristianos, frente a estas injusticias, estamos obligados a examinar las maneras en las que somos cómplices. Solamente atendiendo la oración de Jesús de que «sean uno» podemos dar testimonio de vivir la unidad en la diversidad. Solo a través de nuestra unidad en Cristo seremos capaces de luchar contra la injusticia y de ponernos al servicio de las necesidades de las víctimas.

Movidos por estas preocupaciones, los cristianos de Indonesia encontraron que las palabras del Deuteronomio «actúa siempre con toda justicia…» (cf. Dt 16, 18-20) hablaban poderosamente a su
situación y a sus necesidades. Antes de que el pueblo de Dios entrara en la tierra que Dios le había prometido, renovó su adhesión a la alianza que Dios había hecho con él. El pasaje bíblico se encuentra en un capítulo que tiene como tema central las fiestas que el pueblo de la alianza debía celebrar. Para cada fiesta se instruía al pueblo: «La celebrarás con tus hijos e hijas, tus esclavos y esclavas, con los levitas, inmigrantes, huérfanos y viudas que viven en tus ciudades» (Dt 16, 14; cf. También 16, 11). Los cristianos de Indonesia intentan recuperar este mismo espíritu de fiestas incluyentes entre las distintas comunidades que antes tenían. Puede parecer extraño que al final de este largo capítulo aparezcan dos versículos sobre el nombramiento de jueces, pero en el contexto de Indonesia la relación entre las fiestas incluyentes y la justicia aparece con mucha claridad. Como pueblo de la alianza establecida por Jesús, sabemos que las alegrías del banquete celestial serán dadas a los que tienen hambre y sed y que son perseguidos por la justicia «porque suyo es el reino de los cielos» (Mt 5, 6.10).

La Iglesia de Cristo está llamada a ser un anticipo de este reino. Sin embargo, en nuestra desunión nos quedamos cortos. Fallamos a la hora de ser el signo del amor de Dios para su pueblo. Del mismo modo que la injusticia ha hecho crecer las divisiones que han desgarrado la sociedad de Indonesia, también la injusticia ha alimentado las divisiones en la Iglesia. Nos arrepentimos de la injusticia que causa divisiones, pero como cristianos creemos en el poder de Cristo para perdonarnos y redimir. De este modo, nos encontramos unidos bajo la cruz de Cristo, pidiendo a la vez por su gracia que ponga fin a la injusticia y por su misericordia por nuestros pecados que han sido la causa de nuestra división.

Las reflexiones para el Octavario y para la celebración ecuménica se centran en el tema elegido. Para profundizar en nuestra reflexión sobre la unidad y la justicia, el tema de cada día se ha escogido cuidadosamente para presentar conflictos que son resultado de la injusticia. Los temas son:

Día 1: Que fluya el derecho como agua (Amós 5, 24)
Día 2: Decid simplemente: «sí» o «no» (Mateo 5, 37)
Día 3: El Señor es clemente y compasivo (Salmo 145, 8)
Día 4: Contentaos con lo que tenéis (Hebreos 13, 5)
Día 5: Para llevar a los pobres la buena noticia (Lucas 4, 18)
Día 6: Se llama Señor del universo (Jeremías 10, 16)
Día 7: ¡Grande es tu fe, mujer! (Mateo 15, 28)
Día 8: El Señor es mi luz, mi salvación (Salmo 27, 1)

TEXTO BÍBLICO PARA EL 2018
(Deuteronomio 16, 11-20)

Irás al lugar que el Señor tu Dios haya escogido como morada de su nombre; y allí, en presencia del Señor tu Dios, celebrarás la fiesta en Su honor con tus hijos e hijas, con tus esclavos y esclavas, con los levitas que viven en tus ciudades, con los inmigrantes, y con los huérfanos y las viudas que vivan en medio de ti. Recuerda que fuiste esclavo en Egipto; por tanto, cumple y pon en práctica estos preceptos.

Una vez acabada la vendimia y la recogida de la cosecha celebrarás durante siete días la fiesta de las Enramadas. La celebrarás con tus hijos e hijas, tus esclavos y esclavas, con los levitas, inmigrantes, huérfanos y viudas que viven en tus ciudades. Durante siete días celebrarás esta fiesta en honor del Señor tu Dios, en el lugar que escoja el Señor, porque Él bendecirá todas tus cosechas y todo el trabajo de tus manos, y eso te hará sentir tremendamente dichoso.

Tres veces al año irán todos los varones a presentarse ante el Señor tu Dios, al lugar que el Señor haya escogido: en la fiesta de los Panes sin levadura, en la fiesta de las Semanas y en la fiesta de las Enramadas. Nadie se presentará ante el Señor con las manos vacías, sino que cada uno llevará ofrendas, conforme a las bendiciones que del Señor tu Dios haya recibido.

En todas las ciudades que el Señor tu Dios te da, nombrarás, por tribus, jueces y oficiales que se encargarán de juzgar con justicia al pueblo. No quebrantarás el derecho ni actuarás con parcialidad. No aceptarás soborno, porque el soborno ciega los ojos de los sabios y falsea la causa del inocente. Actúa siempre con toda justicia, para que vivas y poseas la tierra que el Señor tu Dios te da.

jueves, 17 de enero de 2019

Los once pilares de un pro-vida consistente

Manifiesto fundacional de "The New Pro-Life Movement"

1.- El derecho a la vida. En primer lugar y ante todo, creemos que todos los seres humanos poseen un derecho absoluto e inherente a la vida y creemos que este derechos se extiende desde la concepción hasta la muerte natural. Esto incluye la protección y el sostenimiento de la vida en todas sus fases y constituye el fundamento de todo nuestro manifiesto.

2.- No al aborto. Estamos opuestos completa y totalmente sin reserva alguna al acto del aborto y a cualquier acción que directa y dolosamente termine con la vida de un niño en el vientre materno. Sin embargo, creemos que los métodos del movimiento pro-vida tradicional han fallado ampliamente en oponerse adecuadamente. Creemos que la forma más efectiva de reducir y, potencialmente, de erradicar, el aborto, consiste en reducir la demanda. A un nivel social, esto exige mayor acceso a la atención sanitaria, a los cuidados pre y postnatales, permisos retribuidos por maternidad y paternidad, protección laboral, salarios iguales, educación sexual y sistemas de ayuda más integrales. Junto con esto, creemos firmemente en el cultivo de la religión, la ciencia y la filosofía para conformar una sociedad que reconozca, respete y admire la vida en el seno materno.

3.-  Derechos y justicia para las mujeres. Ya que las mujeres son elementos centrales en el debate sobre el aborto, estaríamos perdidos si ignorásemos sus derechos y necesidades. Sentimos que pasamos demasiado tiempo discutiendo con dirigentes políticos y sociales que apoyan el aborto y no el suficiente ayudando a las mujeres que de verdad los practican. Los esfuerzos que hemos mencionado arriba no lo son solo para reducir el aborto, sino para asegurar la justicia para las mujeres en nuestra sociedad. Además, la lucha contra el acoso sexual, la violencia y el prejuicio contra la mujer son asuntos pro-vida en sí mismos y apoyamos todos los esfuerzos para poner fin a tales lacras. Estamos comprometidos a proteger los derechos y la igualdad de la mujer, el progreso hacia una igual representación y hacia el respeto a las mujeres en todas las áreas de nuestra cultura.

4.- Suicidio y eutanasia. Rechazamos completamente el concepto de suicidio y apoyamos todo esfuerzo para prevenirlo, comprendiendo que no hay ningún curso realista de acción legal para parar a quienes se disponen a poner fin a sus propias vidas, especialmente aquellos en un gran estado de sufrimiento. Dicho esto, tememos que, legalizando la eutanasia, creemos un mundo que ponga a los mayores y a los enfermos terminales en riesgo. No podemos animar una cultura que apoya la muerte y no privilegia a quien continúa con su vida.

5.- No a la guerra. Rechazamos la mentalidad de "halcón de guerra" y apoyamos plenamente la búsqueda de soluciones diplomáticas a los conflictos internacionales. La fuerza militar solo es justificable cuando resulte absolutamente necesaria para parar a un agresor injusto y proteger la vida de seres humanos inocentes. Incluso en tal supuesto, solo debe utilizarse la fuerza imprescindible. Rechazamos absolutamente el asesinato de civiles, la tortura y ejecución de prisioneros de guerra y la utilización de armas nucleares.

6.- No a la pena de muerte. Apoyamos la absoluta abolición de la pena de muerte. La consideramos un medio injusto e ineficaz de pena. Creemos que matar a quien mató no es un verdadero acto de justicia y que con nuestras modernas infraestructuras y recursos penitenciarios, podemos proteger adecuadamente a la sociedad de aquellos que desean provocar un daño sin tener que arrebatar vidas.

7.- Asistencia sanitaria. La asistencia sanitaria es un derecho, no una mercancía. La salud no debería depender de la capacidad económica. Creemos que todas las personas deberían tener acceso a asistencia médica adecuada, sin importar la clase, el estatus o los ingresos. Por lo tanto, defendemos la asistencia sanitaria universal y defendemos una opción pública.

8.- Pobreza. La pobreza tiene un efecto directo sobre la calidad de la vida. Defendemos soluciones integrales para proporcionar un camino realista de salida de la pobreza y nos oponemos a cualquier legislación que reduzca salarios, recorte asistencia social o restrinja derechos laborales.

9.- El medio ambiente. Creemos que proteger el medio ambiente, combatir el cambio climático y preocuparnos por el mundo que nos rodea tiene un impacto directo en nuestra misión de "proteger y sostener la vida desde la concepción hasta la muerte natural". El "New Pro-Life Movement" apoya todo esfuerzo para reducir las emisiones de carbono, producir energía limpia y renovable y revertir el daño que décadas de industrialización ha provocado a nuestro mundo.

10.- La violencia de las armas. Comprendemos y respetamos el derecho a portar armas y no tenemos ninguna intención de arrebatar ese derecho a ciudadanos respetuosos de la ley en plenas facultades mentales. Dicho esto, no podemos en buena conciencia llamarnos pro-vida e ignorar la violencia terrible causada por las armas. Apoyamos medidas de sentido común para ayudar a reducir este problema, como: comprobaciones universales de antecedentes, prohibición de las ventas online de armas, prohibición de las de gran capacidad, prohibición de la exhibición pública, restringir la propiedad de armas por sujetos violentos, sospechosos de terrorismo, enfermos mentales o personas con historial de violencia doméstica, obligatoriedad de las licencias y entrenamientos de seguridad, obligatoriedad de un almacenamiento seguro.

11.- Implicación social y política. Por último, creemos que para cultivar una auténtica cultura de la vida, debemos permanecer activos social y políticamente. Somos un movimiento en acción y animamos a todos nuestros miembros a encontrar formas de promover activa y eficazmente y de implementar lo que se describe en este manifiesto, ya sea en debates públicos, en manifestaciones, donando dinero y tiempo o intentando ocupar puestos políticos. Somos el Nuevo Movimiento Pro Vida. ¿Te unes?

miércoles, 16 de enero de 2019

Dios Padre no cambia Su amor

Vivo en un mundo cambiante. Hoy por la mañana salí de casa cubierto con un par de suéteres porque el clima era frío, pero el sol del mediodía me obligó a quitarme uno de ellos. También cargo mi paraguas, aunque no lo utilice, porque las nubes amenazan lluvia. Y un ligero viento en mi espalda me hace colocar de nuevo el suéter para evitar un resfrío. Y así como el clima cambian muchas cosas: el tuit del presidente de un país genera especulaciones económicas, un jugador de fútbol es transferido a un equipo rival y ya no tarda en salir la última edición del último aparato celular.

Lo mismo pasa en mi interior. Mis sentimientos cambian, van y vienen. Algunos me habitan por más tiempo y otros son fugaces. Me entristece ver la situación de los migrantes en la ciudad en la que vivo, me alegra sumarme al trabajo de las personas que ayudan a estos peregrinos en albergues y parroquias. La carga académica de final de semestre me hace sentir irritado, pero el ir entregando los primeros ensayos a los profesores me devuelve la serenidad.

¿Qué me ayuda a mantenerme en mi centro en medio de estos cambios? Me ayuda recordar que Dios Padre me ama y Su amor por mí no cambia aunque todo en torno a mí sea inestable. 

Independientemente de si yo estoy triste, irritado, alegre o sereno Dios Padre no cambia Sus
sentimientos por mí y siempre me quiere igual. La imagen que me ayuda a visualizarlo es la de un ancla. El ancla, al ser arrojada al mar y tocar sus profundidades, le da tranquilidad al barco y a su tripulación en medio del vaivén de las olas del mar. Estas se mueven, van y vienen como los conflictos en la realidad de nuestras sociedades y como nuestros sentimientos dentro de cada uno de nosotros. El mar en sus agitaciones mece al barco, pero este está tranquilo con la confianza de sentirse sostenido en el ancla.

La realidad que vivimos es como es y puede ser así, dinámica y conflictiva a veces; y otras tantas puede ser serena o jubilosa. Lo importante es estar anclados en el Padre, para desde Él entrar en esa realidad y hacer algo por ella, por las personas que lo necesitan y por nosotros mismos.

Esta es para mí la experiencia del Padre en este mundo cambiante ¿Habré expresado suficientemente mi experiencia de Dios en este texto? No lo sé… Solo lo comparto y me confío al Padre que seguramente está muy contento de verme feliz en lo que hago.
Juan Pablo Gil, sj. Publicado en Pastoral SJ

martes, 15 de enero de 2019

La fuerza de la fraternidad, nueva frontera del cristianismo

Carta del papa Francisco al presidente de la Pontificia Academia para la Vida (extractos)

La comunidad humana ha sido el sueño de Dios desde antes de la creación del mundo (cf. Ef 1,3-14). El Hijo eterno engendrado por Dios tomó en ella carne y sangre, corazón y afectos. La gran familia de la humanidad se reconoce a sí misma en el misterio de la generación. De hecho, entre las criaturas humanas la iniciación familiar en la fraternidad puede ser considerada como un verdadero tesoro escondido, con vistas a la reorganización comunitaria de las políticas sociales y a los derechos humanos, tan necesarios hoy en día. Para que esto pueda darse, necesitamos ser cada vez más conscientes de nuestro común origen en la creación y el amor de Dios. La fe cristiana confiesa la generación del Hijo como el misterio inefable de la unidad eterna entre el “llamar a la existencia” y la “benevolencia”, que reside en lo más profundo del Dios Uno y Trino. El anuncio renovado de esta revelación, que ha sido descuidada, puede abrir un nuevo capítulo en la historia de la comunidad y de la cultura humana, que hoy implora un nuevo nacimiento en el Espíritu —gimiendo y sufriendo los dolores del parto (cf. Rm 8,22)—. En el Hijo unigénito se revela la ternura de Dios, así como su voluntad de redimir a toda la humanidad que se siente perdida, abandonada, descartada y condenada sin remisión. El misterio del Hijo eterno, que se hizo uno de nosotros, sella de una vez para siempre esta pasión de Dios. El misterio de Su Cruz —«por nosotros y por nuestra salvación»— y de Su Resurrección —como «el primogénito entre muchos hermanos» (Rm 8,29)— dice hasta qué punto esta pasión de Dios está dirigida a la redención y realización de la criatura humana.

Hemos de restaurar la evidencia de esta pasión de Dios por la criatura humana y su mundo. Dios la hizo a su “imagen” —“varón y mujer”, los creó (cf. Gn 1,27)— como una criatura espiritual y sensible, consciente y libre. La relación entre el hombre y la mujer constituye el lugar por excelencia en el que toda la creación se convierte en interlocutora de Dios y testigo de su amor. Nuestro mundo es la morada terrena de nuestra iniciación a la vida, el lugar y el tiempo en los que ya podemos empezar a disfrutar de la morada celestial a la que estamos destinados (cf. 2 Co 5,1), donde viviremos en plenitud la comunión con Dios y con los demás. La familia humana es una comunidad de origen y de destino, cuyo cumplimiento está escondido, con Cristo, en Dios (cf. Col 3,1-4). En nuestro tiempo, la Iglesia está llamada a relanzar vigorosamente el humanismo de la vida que surge de esta pasión de Dios por la criatura humana. El compromiso para comprender, promover y defender la vida de todo ser humano toma su impulso de este amor incondicional de Dios. La belleza y el atractivo del Evangelio nos muestran que el amor al prójimo no se reduce a la aplicación de unos criterios de conveniencia económica y política o a «algunos acentos doctrinales o morales que proceden de determinadas opciones ideológicas» (Exhort. ap. Evangelii gaudium, 24 noviembre 2013, 39). (...)

Degradación de lo humano y paradoja del “progreso”
2. La pasión por lo humano, por toda la humanidad encuentra en este momento de la historia serias dificultades. Las alegrías de las relaciones familiares y de la convivencia social se muestran profundamente desvaídas. La desconfianza recíproca entre los individuos y entre los pueblos se alimenta de una búsqueda desmesurada de los propios intereses y de una competencia exasperada, no exenta de violencia. La distancia entre la obsesión por el propio bienestar y la felicidad compartida de la humanidad se amplía hasta tal punto que da la impresión de que se está produciendo un verdadero cisma entre el individuo y la comunidad humana. En la Encíclica Laudato si’ he resaltado el estado de emergencia en el que se encuentra nuestra relación con la tierra y los pueblos. Es una alarma causada por la falta de atención a la gran y decisiva cuestión de la unidad de la familia humana y su futuro. La erosión de esta sensibilidad, por parte de las potencias mundanas de la división y la guerra, está creciendo globalmente a una velocidad muy superior a la de la producción de bienes. Es una verdadera y propia cultura —es más, sería mejor decir anti-cultura— de indiferencia hacia la comunidad: hostil a los hombres y mujeres, y aliada con la prepotencia del dinero.

3. Esta emergencia revela una paradoja: ¿Cómo es posible que, en el mismo momento de la historia del mundo en que los recursos económicos y tecnológicos disponibles nos permitirían cuidar suficientemente de la casa común y de la familia humana —honrando así a Dios que nos los ha confiado—, sean precisamente estos recursos económicos y tecnológicos los que provoquen nuestras divisiones más agresivas y nuestras peores pesadillas? Los pueblos sienten aguda y dolorosamente, aunque a menudo confusamente, la degradación espiritual —podríamos decir el nihilismo— que subordina la vida a un mundo y a una sociedad sometidos a esta paradoja. La tendencia a anestesiar este profundo malestar, a través de una búsqueda ciega del disfrute material, produce la melancolía de una vida que no encuentra un destino a la altura de su naturaleza espiritual. Debemos reconocerlo: los hombres y mujeres de nuestro tiempo están a menudo desmoralizados y desorientados, sin ver. Todos estamos un poco replegados sobre nosotros mismos. El sistema económico y la ideología del consumo seleccionan nuestras necesidades y manipulan nuestros sueños, sin tener en cuenta la belleza de la vida compartida y la habitabilidad de la casa común. 

Una escucha responsable
4. El pueblo cristiano, haciendo suyo el grito de sufrimiento de los pueblos, debe reaccionar ante los espíritus negativos que fomentan la división, la indiferencia y la hostilidad. Tiene que hacerlo no solo por sí mismo, sino por todos. Y tiene que hacerlo de inmediato, antes de que sea demasiado tarde. La familia eclesial de los discípulos —y de todos los que buscan en la Iglesia las razones de la esperanza (cf. 1 P 3,15)— ha sido plantada en la tierra como «sacramento […] de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano» (Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, 1). La rehabilitación de la criatura de Dios en la feliz esperanza de su destino tiene que llegar a ser la pasión dominante de nuestro anuncio. Es urgente que los ancianos crean aún más en sus mejores “sueños” y que los jóvenes tengan “visiones” capaces de impulsarles a comprometerse con valentía en la historia (cf. Jl 3,1). Una nueva perspectiva ética universal, atenta a los temas de la creación y de la vida humana, es el objetivo que debemos perseguir a nivel cultural. No podemos continuar por el camino del error que se ha seguido en tantas décadas de deconstrucción del humanismo, identificado con toda ideología de voluntad de poder, que se sirve del firme apoyo del mercado y la tecnología, por ello hay que combatirla a favor del humanismo. La diversidad de la vida humana es un bien absoluto, digno de ser custodiado éticamente y muy valioso para la salvaguardia de toda la creación. El escándalo está en que el humanismo se contradiga a sí mismo, en lugar de inspirarse en el acto del amor de Dios. La Iglesia debe primero redescubrir la belleza de esta inspiración y empeñarse con renovado entusiasmo.

Una tarea difícil para la Iglesia
5. Somos conscientes de que tenemos dificultades para reabrir este horizonte humanístico, incluso dentro de la Iglesia. Ante todo, preguntémonos sinceramente: ¿Tienen las comunidades eclesiales hoy en día una visión y dan un testimonio que esté a la altura de esta emergencia de la época presente? ¿Están seriamente enfocadas en la pasión y la alegría de transmitir el amor de Dios por la vida de sus hijos en la Tierra? ¿O se pierden todavía demasiado en sus problemas y en ajustes tímidos que no van más allá de la lógica de un compromiso mundano? Debemos preguntarnos seriamente si hemos hecho lo suficiente para dar nuestra contribución específica como cristianos a una visión de lo humano que es capaz de sostener la unidad de la familia de los pueblos en las condiciones políticas y culturales actuales. O si, por el contrario, hemos perdido de vista su centralidad, anteponiendo las ambiciones de nuestra hegemonía espiritual en el gobierno de la ciudad secular, encerrada en sí misma y en sus bienes, frente al cuidado de la comunidad local abierta a la hospitalidad evangélica hacia los pobres y desesperados. 

Construir una fraternidad universal
6. Es hora de relanzar una nueva visión de un humanismo fraterno y solidario de las personas y de los pueblos. Sabemos que la fe y el amor necesarios para esta alianza toman su impulso del misterio de la redención de la historia en Jesucristo, escondido en Dios desde antes de la creación del mundo (cf. Ef 1,7-10; 3,9-11; Col 1,13-14). Y sabemos también que la conciencia y los afectos de la criatura humana no son de ninguna manera impermeables ni insensibles a la fe y a las obras de esta fraternidad universal, plantada por el Evangelio del Reino de Dios. Tenemos que volver a ponerla en primer plano. Porque una cosa es sentirse obligados a vivir juntos, y otra muy diferente es apreciar la riqueza y la belleza de las semillas de la vida en común que hay que buscar y cultivar juntos. Una cosa es resignarse a concebir la vida como una lucha contra antagonismos interminables, y otra cosa muy distinta es reconocer la familia humana como signo de la vitalidad de Dios Padre y promesa de un destino común para la redención de todo el amor que, ya desde ahora, la mantiene viva.

7. Todos los caminos de la Iglesia conducen al hombre, como proclamó solemnemente el santo Papa Juan Pablo II en su Encíclica inaugural (Redemptor hominis, 4 marzo 1979). Antes que él, san Pablo VI también recordó en su Encíclica programática, y según la enseñanza del Concilio, que la familiaridad de la Iglesia se extiende por círculos concéntricos a todos los hombres, incluso a quienes se consideran ajenos a la fe y a la adoración de Dios (cf. Ecclesiam suam, 6 agosto 1964). La Iglesia acoge y custodia los signos de bendición y misericordia destinados por Dios a todo ser humano que viene a este mundo. 

Reconocer los signos de esperanza
8. En esta misión nos son de consuelo los signos de la acción de Dios en el tiempo presente. Hay que reconocerlos, para que el horizonte no se vea ensombrecido por los aspectos negativos. Desde este punto de vista, san Juan Pablo II señaló los gestos de acogida y defensa de la vida humana, la difusión de una sensibilidad contraria a la guerra y a la pena de muerte, así como un interés creciente por la calidad de la vida y la ecología. Indicaba también la difusión de la bioética como uno de los signos de esperanza, es decir, como «la reflexión y el diálogo —entre creyentes y no creyentes, así como entre creyentes de diversas religiones— sobre problemas éticos, incluso fundamentales, que afectan a la vida del hombre» (Carta enc. Evangelium vitae, 25 marzo 1995, 27) (...)

10. Somos plenamente conscientes de que el umbral del respeto fundamental de la vida humana está siendo transgredido hoy en día de manera brutal, no solo por el comportamiento individual, sino también por los efectos de las opciones y de los acuerdos estructurales. La organización de las ganancias económicas y el ritmo de desarrollo de las tecnologías ofrecen posibilidades nuevas para condicionar la investigación biomédica, la orientación educativa, la selección de necesidades y la calidad humana de los vínculos. La posibilidad de orientar el desarrollo económico y el progreso científico hacia la alianza del hombre y de la mujer, para el cuidado de la humanidad que nos es común, y hacia la dignidad de la persona humana, se basa ciertamente en un amor por la creación que la fe nos ayuda a profundizar e iluminar. La perspectiva de la bioética global, con su amplia visión y su atención a las repercusiones del medio ambiente en la vida y la salud, constituye una notable oportunidad para profundizar la nueva alianza del Evangelio y de la creación. 

11. Ser miembros del único género humano exige un enfoque global y nos pide a todos que abordemos las cuestiones que surgen en el diálogo entre las diferentes culturas y sociedades, que están cada vez más estrechamente relacionadas en el mundo de hoy. (...) Está en juego la comprensión y la práctica de una justicia que muestre el rol irrenunciable de la responsabilidad en el tema de los derechos humanos y su estrecha correlación con los deberes, a partir de la solidaridad con quien está más herido y sufre. El Papa Benedicto XVI ha insistido mucho en la importancia de «urgir una nueva reflexión sobre los deberes que los derechos presuponen, y sin los cuales éstos se convierten en algo arbitrario. Hoy se da una profunda contradicción. Mientras, por un lado, se reivindican presuntos derechos, de carácter arbitrario y superfluo, con la pretensión de que las estructuras públicas los reconozcan y promuevan, por otro, hay derechos elementales y fundamentales que se ignoran y violan en gran parte de la humanidad», entre los que el Papa emérito menciona «la carencia de comida, agua potable, instrucción básica o cuidados sanitarios elementales» (Carta enc. Caritas in veritate, 29 junio 2009, 43). 

12. Otro frente en el que hay que profundizar la reflexión es el de las nuevas tecnologías hoy definidas como “emergentes y convergentes”. Se trata de las tecnologías de la información y de la comunicación, las biotecnologías, las nanotecnologías y la robótica. Hoy es posible intervenir con mucha profundidad en la materia viva utilizando los resultados obtenidos por la física, la genética y la neurociencia, así como por la capacidad de cálculo de máquinas cada vez más potentes. También el cuerpo humano es susceptible de intervenciones tales que pueden modificar no solo sus funciones y prestaciones, sino también sus modos de relación, a nivel personal y social, exponiéndolo cada vez más a la lógica del mercado. Ante todo, es necesario comprender los cambios profundos que se anuncian en estas nuevas fronteras, con el fin de identificar cómo orientarlas hacia el servicio de la persona humana, respetando y promoviendo su dignidad intrínseca. Una tarea muy exigente, que requiere un discernimiento aún más atento de lo habitual, a causa de la complejidad e incertidumbre de los posibles desarrollos. Un discernimiento que podemos definir como «la labor sincera de la conciencia, en su empeño por conocer el bien posible, sobre el que decidir responsablemente el ejercicio correcto de la razón práctica» (Sínodo de los Obispos dedicado a los Jóvenes, Documento final, 27 octubre 2018, 109). Se trata de un proceso de investigación y evaluación que se lleva a cabo a través de la dinámica de la conciencia moral y que, para el creyente, tiene lugar dentro y a la luz de la relación con el Señor Jesús, asumiendo su intencionalidad y sus criterios de elección en la acción (cf. Flp 2,5).

13. La medicina y la economía, la tecnología y la política que se elaboran en el centro de la ciudad moderna del hombre, deben quedar expuestas también y, sobre todo, al juicio que se pronuncia desde las periferias de la tierra. De hecho, los numerosos y extraordinarios recursos puestos a disposición de la criatura humana por la investigación científica y tecnológica corren el riesgo de oscurecer la alegría que procede del compartir fraterno y de la belleza de las iniciativas comunes, que les dan realmente su auténtico significado. Debemos reconocer que la fraternidad sigue siendo la promesa incumplida de la modernidad. El aliento universal de la fraternidad que crece en la confianza recíproca parece muy debilitada —dentro de la ciudadanía moderna, como entre pueblos y naciones—. La fuerza de la fraternidad, que la adoración a Dios en espíritu y verdad genera entre los humanos, es la nueva frontera del cristianismo. Cada detalle de la vida del cuerpo y del alma en los que centellea el amor y la redención de la nueva criatura que se está formando en nosotros, nos sorprende como el verdadero y propio milagro de una resurrección ya en acto (cf. Col 3,1-2). ¡Que el Señor nos conceda multiplicar estos milagros!

Que el testimonio de san Francisco de Asís, con su capacidad de reconocerse como hermano de todas las criaturas terrenas y celestiales, nos inspire en su perenne actualidad. Que el Señor les conceda estar preparados para esta nueva fase de la misión, con las lámparas llenas del aceite del Espíritu, para iluminar el camino y guiar sus pasos. Son hermosos los pies de aquellos que llevan el anuncio gozoso del amor de Dios por la vida de cada uno y de todos los habitantes de la tierra (cf. Is 52,7; Rm 10,15).

lunes, 14 de enero de 2019

Toda vida es preciosa para Dios

Cuando digo que soy provida, siempre sorprende a algunos -lo que siempre me sorprende a mí-.

El pasado verano asistí a una conferencia sobre la polarización en la Iglesia Católica, que tuvo lugar en la Universidad de Georgetown. Una tarde, cuando mencioné mis convicciones provida a una participante, su rostro mostró sorpresa. "Estoy tan aliviada de escuchar eso", dijo.

Tal vez porque también defiendo a los refugiados e inmigrantes, a los trabajadores y al medio ambiente -causas habitualmente encabezadas por aquellos que se identifican como "progresistas"- algunas personas me dicen que dudan de la sinceridad de mis comentarios públicos en defensa de los niños no nacidos. Por la misma razón, otros con los que comparto espacio común en una variedad de asuntos referidos a la justicia social muestran incomodidad, decepción e incluso enfado cuando utilizo la expresión "provida".

Así que tal vez ayudaría decir que quiero decir cuando digo que soy provida. Y te invitaría a considerar esto más como una profesión de fe que como un discurso político.

La mejor forma de explicar mi creencia es esta: cuanto más vivo, más crece mi admiración por la actividad creadora de Dios y mi reverencia por la creación de Dios.

Veo la actividad creadora de Dios de incontables maneras, pero principalmente en las maneras en las que Dios está activo en las vidas espirituales de las personas a las que sirvo mi ministerio. Durante los últimos 25 años, he acompañado tal vez a cientos de personas en mi ministerio como director espiritual -esto es, alguien que ayuda a las personas a percibir a Dios en sus vidas diarias y en su oración-.

En el proceso, he visto de primera mano como Dios se encuentra con cada persona de formas insospechables, increíbles, a veces casi milagrosas. A una persona, Dios la encuentra por medio de una experiencia poderosa en la oración privada, a otra durante una experiencia casi mística en la naturaleza, a otra en una conversación que de repente cura una vieja herida emocional. La expresión "Dios encuentra a las personas donde están" captura algo de esta realidad, pero solo un poco. La capacidad de Dios para entrar en la vida de una persona de maneras perfectamente ajustadas a la vida de esa persona siempre me impresiona.

Cuanto más lo veo, más crece, naturalmente, mi admiración por la actividad creadora de Dios.

Pero también me doy cuenta de la actividad creadora de Dios de otras maneras. El nacimiento de mis dos sobrinos, que ahora tienen veinte y trece años, profundizó notablemente mi apreciación por el misterio de la vida. Cuando ví por primera vez a mi sobrino en el hospital horas después de su nacimiento, me conmovió tremendamente. Tras volver a casa, lloré de alegría, completamente sobrecogido por el don y la vulnerabilidad de la nueva creación de Dios. Durante los años les he visto aprender a comer, a sentarse, a hablar, a gatear, a reír, a andar, a leer, a montar en bici, a hacer chistes, a lanzar un balón, a montar en coche y a dar alegría al mundo.

Recientemente cené con mi sobrino mayor y pensé "No puedo creer que no existiese hace veinte años" y sentí una necesidad de gratitud por la gracia de Dios. (Sabía lo suficiente para no decírselo, porque probablemente habría dicho: "Tío Tim, déjame en paz"; o más probablemente, "Uh huh").

Cuanto más pienso sobre esto, más crece mi reverencia por la creación de Dios. Todo esto incrementa, naturalmente, mi reverencia por la vida del niño en el útero materno.

Ahora, como hombre y como sacerdote, y por lo tanto como alguien que nunca experimentará las alegrías ni los retos de ser madre, alguien que nunca tendrá que tomar una decisión sobre un aborto y alguien con una posición de cierto poder en la Iglesia, reconozco las limitaciones de mi experiencia. Y reconozco que muchas mujeres consideran ofensivo escuchar esto de un hombre -porque me lo han dicho-.

Muchas mujeres a las que amo, respeto y admiro apoyan el derecho al aborto y lo ven como una parte constitutiva de su autoridad sobre sus propios cuerpos. ¿Quién puede dudar que, durante siglos, las mujeres han sido utilizadas y dominadas por los hombres -incluso los hombres encargados de proporcionarlas asistencia legal, pastoral y médica-?

Pero reconocer que los cuerpos de las mujeres no son míos no disminuye mi propia reverencia por el cuerpo que vive en el útero de una mujer. Pero no puedo negar que veo a ese niño en el útero, desde el momento de su concepción, como una creación de Dios, merecedora de nuestro respeto, protección y amor. Una vida misteriosa, preciosa, única, infinita, hecha a imagen y semejanza de Dios. Sagrada.

Y mi respeto por la vida se extiende a todas sus fases, un crecimiento que solo ha crecido a lo largo de mis experiencias en diversos ministerios durante mis treinta años como jesuita -por ejemplo, con los refugiados-.

Durante dos años, como un joven jesuita a comienzos de los noventa, trabajé en Kenia con refugiados del este de África que, buscando asegurar la vida de sus familias, habían huido de países en guerra como Sudán, Etiopía, Uganda, Somalia y se habían asentado en los slums de Nairobi. Allí, junto con colegas del Servicio Jesuita a los Refugiados, les ayudé a comenzar pequeños negocios para sustentarse.

Muchos de ellos habían sufrido las pérdidas más severas en sus países de origen, tragedias que podrían parecerles increíbles a alguien -ver a sus cónyuges ser heridas hasta la muerte con machete ante ellos; ver a sus niños con los cuellos cortados; ser ellos mismos mutilados, secuestrados y torturados. A veces la gente se cree que me estoy inventando esas historias. No es así. He conocido a esas personas y en muchos casos he visto las pruebas: informes médicos, noticias de periódico, cicatrices pavorosas.

Sus vidas han sido amenazadas, devaluadas y puestas en peligro. No es de extrañar que los migrantes y refugiados huyan de sus países de origen. Casi todos ellos huyen para salvar sus vidas y las de sus hijos. Así que, cuando hablamos de asuntos pro-vida, a menudo pienso en los 68 millones de migrantes, regugiados y desplazados internos cuya actividad provida más importante es huir. Sus vidas a menudo están en peligro no solo en sus países de origen, sino también en tránsito por los desiertos y el mar y más tarde en campos de refugiados donde, a pesar de muchos nobles esfuerzos, ellos y sus niños mueren por la falta de comida, higiene y medicina.

Toda vida es preciosa para Dios, incluida la vida de los refugiados, de los migrantes y de las personas internamente desplazadas. En otras palabras, la vida de un niño en la frontera es preciosa, como la vida de un niño en el útero de su madre es preciosa.

También podría hablarte de otras muchas vidas miserables que he encontrado como jesuita, que son igualmente valiosas a los ojos de Dios: las vidas de los pacientes con daño cerebral traumático confinados durante años en un hospital en Cambridge, Massachussets; la vida de hombres y mujeres pobres, enfermos y moribundos en el hospicio de la Madre Teresa en Kingston, Jamaica; las vidas de los miembros de las bandas callejeras en los proyectos urbanísticos violentos, mortales y ahora derruidos en Chicago; las vidas de los hombres que han intentado suicidarse y que ahora se sientan en confinamiento solitario en una prisión en Boston. Todas estas personas son los amados hijos de Dios, hechos a la imagen de Dios.

Así que mi respeto por la vida se extiende a todos, pero muy especialmente a aquellos cuyas vidas están en riesgo: los niños no nacidos, por supuesto; pero también los refugiados cuya vida se ve amenazada por la guerra; las personas sin hogar, cuya vida se ve amenazada por la malnutrición; las personas enfermas excluidas de la atención sanitaria; las personas mayores en peligro de ser eutanasiadas. He llegado a valorar toda vida, desde la concepción hasta la muerte natural, y creo que las leyes deberían reflejar este importante principio.

A veces a esto se le llama una "ética consistente de la vida" o la "túnica sin costura", una referencia a la túnica que le arrebataron a Jesús antes de la crucifixión y que los soldados se repartieron después. Algunos la han criticado injustamente como una "dilución" de las actividades pro vida. Su destacado defensor, el cardenal Joseph Bernardin, lamentó que se utilizase erroneamente de esa manera. Pero un mal uso de un principio no lo invalida. 

En cambio, el sentido de una ética consistente de la vida no es que debamos centrarnos en otros asuntos en vez de en el aborto, sino que nuestro testimonio por la justicia social y en defensa de toda vida se ve fortalecido cuando los basamos clara y consistentemente en el reconocimiento de la dignidad de toda vida humana en cualquier fase.

Nada menos que San Juan Pablo II, en su encíclica "El evangelio de la vida" (Evangelium vitae), apunto a varios asuntos pro-vida más allá del aborto, invocando el Didaché, uno de los más antiguos textos cristianos, junto con la Biblia, que procede del siglo I. El Didaché, que significa enseñanza en griego, no solo condena el aborto sino también a aquellos que "no muestran compasión por el pobre" y a aquellos que "no sufren con los sufrientes".

En su encíclica, Juan Pablo apunta no solo "las antiguas amenazas de los flagelos de la pobreza, el
hambre, la enfermedad endémica, la violencia y la guerra, sino también nuevas amenazas". "Evangelium Vitae" se une al Concilio Vaticano Segundo en "condenar con fuerza" prácticas que son "opuestas a la vida misma".

La larga lista a menudo sorprende a la gente, pero es un recordatorio de la amplitud de la vida humana y de las muchas amenazas que se ciernen sobre ella.

... cualquier clase de homicidio, genocidio, aborto, eutanasia o autodestrucción voluntaria, todo lo que viola la integridad de la persona humana, como la mutilación, los tormentos infligidos sobre el cuerpo o la mente, los intentos de coaccionar la libertad misma; todo lo que insulta a la dignidad humana, como las condiciones de vida infrahumanas, la prisión arbitraria, la deportación, la esclavitud, la prostitución, la venta de mujeres y niñas, así como las condiciones de trabajo desgraciadas, en las que a las personas se las trata como meros instrumentos de ganancia en lugar de como a personas libres y responsables; todas estas cosas y otras semejantes son, de hecho, infamias.

Hoy podríamos añadir incluso más a la lista de San Juan Pablo. Las amenazas a la vida humana en toda su diversidad crecen cada año.
Tal vez sea hora de expandir nuestra comprensión de lo que significa ser pro-vida. Durante la conferencia en la Universidad de Georgetown, encontré a muchas personas pensativas que habían buscado otras formas de llamar a la cuestión: "vida plena", "una vida", "todas las vidas". Podría ser un paso útil hacia delante.

Lo que ayudaría incluso más que una nueva etiqueta es que todos nosotros nos preocupásemos por cada vida. Que el defensor de los refugiados se preocupase apasionadamente por los no nacidos. Y que el manifestante por la vida se preocupase apasionadamente por los migrantes. Deberíamos preocuparnos por cada vida.

Porque, como nos enseña nuestra fe, como he aprendido, como creo, cada vida es sagrada. 

Por James Martin, SJ. Traducido de America Magazine

domingo, 13 de enero de 2019

Levántate con fuego, pero después reza sin quebrar la caña cascada

"El pueblo aguardaba con expectación". Así describió Lucas la emoción en torno a Juan Bautista. ¿Cuándo experimentamos tales emociones públicas? ¿No parece más fácil reunirse alrededor de algo negativo que de algo positivo? La condena no exige el compromiso requerido por el apoyo. Por eso, a menudo evitamos mostrar entusiasmo público por personas o eventos más significativos que los deportes.

Juan el Bautista apareció en escena como una combinación de los Rolling Stones, Bernie Sanders y Juana de Arco.

Como los Rolling Stones, Juan el Bautista atrajo a las multitudes que amaban escucharlo, disfrutaban de su apariencia poco convencional y saboreaba cabalgando la ola de entusiasmo creada por las masas que acudían a sus actos. Como Bernie, Juan generaba esperanza, nuevas visiones y lealtad tanto desde la multitud "común" como desde las personas en los márgenes. Como Juana de Arco, denunciaba el mal y exponía la cobardía de las autoridades de su tiempo -y ambos entregaron la vida por ello-.

Pero Juan afirmaba no ser nada más que el telonero del Misterioso que estaba por venir.

Desde el comienzo, Jesús vino como alguien radicalmente diferente a Juan. En nada se parecía a una estrella del escenario y rara vez predicó fuego y azufre. De hecho, según el Evangelio de Juan, cuando el Bautista señaló a sus discípulos quien era Jesús, en lugar de llamarle león, le consideró el "cordero de Dios".

Con Juan como aperitivo, la gente debia estar esperando un espectacular plato principal. Pero nuestras lecturas nos presentan a Jesús en una luz humilde. Lucas apenas puede admitir que Jesús se unió a las multitudes que se sumergían en el mensaje de Juan y que eran bautizadas por este.

Cuando Juan fue arrestado, Jesús fue a rezar. Su oración no le condujo a tomar el manto de Juan, ni a ser un profeta feroz como Jeremías, que construía, destruía, derribaba y derrocaba. Por medio de la oración, Jesús discernió Su llamada a ser el sirviente Hijo de Dios, a establecer la justicia tan amablemente que no quebraría una caña cascada, mucho menos chillaría por las calles.

Como señala Gaudium et Spes, "Actuó con voluntad humana, y con corazón humano amó". Como nosotros, tenía que buscar la voluntad de Dios en Su vida y decidir cómo vivir Su vocación. No tenía un guión, sino las Escrituras; no tenía más guía que el amor de Dios.

Cuando contemplamos a Jesús en el tiempo de Su bautismo, sorprendentemente es más accesible y fácil de imitar que Juan el Bautista. Juan parecía moverse sin dudas ni meditaciones. El Evangelio no nos dice nada sobre su oración. En cambio, vemos que Jesús sigue un ritmo de acción y reflexión, además de predicar e incluso permitir que personas como Su madre y la mujer sirofenicia enmienden el curso de su acción.

Los evangelistas nos dicen que tomaba tiempo para rezar y que, solo, se iba a entrar en comunión con Dios durante largos períodos antes de los acontecimientos clave de Su vida. Aunque Jesús acudió a Juan para bautizarse, Su compromiso y acción procedían de Sus encuentros de oración con el Padre.

Jesús era el modelo del ideal de Ignacio de Loyola de un contemplativo en acción. Rezaba sobre
cómo actuar y actuaba en función de lo que había escuchado en la oración.

¿Qué podemos sacar de la celebración hoy del Bautismo del Señor? En primer lugar, podemos celebrar el hecho de que el bautismo nos une a Cristo y a todos los que nos han precedido en la fe. En un tiempo en el que los papeles legales se han convertido en tan importantes para determinar el estatus, podemos reclamar nuestro certificado de bautismo como nuestra principal tarjeta de identidad. Nos dice a quién pertenecemos y a qué estamos llamados.

La respuesta de Jesús a Su bautismo nos recuerda que la ceremonia es un breve momento, cuyo significado se determina por lo que vivamos después. Observándole, nos damos cuenta de que el bautismo no nos da un estatus sino una misión. Para discernir esa misión, hemos de rezar y escuchar las Escrituras.

Dios seguirá enviándonos personajes vibrantes como Juan para recordarnos el fuego del Espíritu. Cuando esos profetas nos hayan levantado, estaremos llamados a rezar como lo hizo Jesús. Entonces, como Jesús, el primer mensaje que escucharemos es que también somos llamados por Dios. Ese amor nos enviará a la misión que solo podemos cumplir en nuestro propio día.

Por Mary Mc Glone. Traducido del National Catholic Reporter